
Ayer por la tarde tuve que acudir a urgencias. Como persona que convive con el Covid Persistente desde hace años, mi cuerpo me pedía a gritos auxilio debido a un fuerte dolor muscular que casi no me dejaba moverme. Al llegar, la enfermera me preguntó el motivo de mi consulta:
— ¿Qué le ocurre?
— Pues verá, es que yo padezco Covid Persistente y…
No me dejó terminar. Me cortó en seco, me miró con desaprobación y me espetó:
— ¿Y viene usted sin mascarilla?
De repente desapareció para volver con una mascarilla FP2. La tuve que decir, no contagio, estate tranquila.
En ese momento el dolor físico pasó a un segundo plano para dejar paso a la perplejidad. Seis años después, que una profesional de urgencias demuestre no tener ni idea de qué es el Covid Persistente e incluso desconozca si es transmisible o no deja al descubierto una laguna de formación inaceptable en el sistema de salud Extremeño.
Aunque parezca mentira, es un hecho real ocurrido en un Centro de Salud del SES.
Es el equivalente a que un paciente acuda a revisión por la diabetes que padece y le pregunte el sanitario si eso se contagia. Resulta ridículo, sí, pero la realidad en la consulta no da ninguna risa. ¿Qué grado de confianza podemos tener en quienes deben guiarnos, diagnosticarnos y tratarnos cuando ni siquiera conocen la diferencia entre una infección activa y una afección crónica?
La excusa de la «enfermedad rara» que no aguanta los datos
Cuando intentamos dialogar con el colectivo sanitario sobre este desinterés, la respuesta habitual o la excusa institucional suele ser que el Covid Persistente es un problema «raro», «infrecuente» o «muy reciente». Nada más lejos de la realidad.
El Covid Persistente lleva con nosotros ya 6 años. En España se calcula que la prevalencia del Long COVID se sitúa entre el 5% y el 5,6% de la población, lo que se traduce en más de 2,4 millones de personas afectadas en nuestro país. Para poner estas cifras en perspectiva:
- La esclerosis múltiple afecta a unas 55.000 personas en España.
- El Parkinson afecta a unas 150.000.
- La celiaquía ronda el 1% de la población.
Con casi dos millones y medio de pacientes, el Covid Persistente no es, bajo ningún concepto, una enfermedad rara ni anecdótica. Es una crisis de salud pública masiva que afecta a trabajadores, padres, madres y jóvenes. Excusarse en la falta de frecuencia o en el desconocimiento a estas alturas ya no es cautela médica: es desidia formativa y falta de empatía con un colectivo enorme y desamparado. Y si cabe una prueba más de la ignorancia de los profesionales de la salud sobre esta enfermedad.
¿Qué debe cambiar para que el sistema abra los ojos?
Llegados a este punto, la pregunta es obligada: ¿qué podemos hacer las asociaciones y los propios pacientes para que el sistema sanitario entienda de una vez por todas qué es el Covid Persistente?
Por parte de los pacientes y entidades como AEXCOP, el camino sigue siendo la visibilización, la exigencia de derechos y la sensibilización diaria. Sin embargo, la responsabilidad principal no puede recaer sobre los hombros de quienes estamos enfermos. Es el propio Sistema Nacional de Salud el que debe tomar medidas drásticas e inmediatas:
- Planes de formación obligatorios y actualizados: No basta con publicar guías en PDF que quedan olvidadas en la web del Ministerio. Es urgente articular módulos de formación continuada y obligatoria para Atención Primaria, Urgencias y especialidades sobre definición de caso, fisiopatología y manejo del Covid Persistente.
- Protocolos de derivación y unidades multidisciplinares reales: Es vital que las vías clínicas estén estandarizadas en todos los hospitales y centros de salud para evitar que el paciente sea un «peloteo» entre especialistas.
- Campañas institucionales potentes de concienciación interna: Aunque se han elaborado infografías puntuales e iniciativas impulsadas por redes de investigación como REiCOP o sociedades científicas como la SEMG, las campañas masivas de sensibilización enfocadas directamente al personal sanitario han sido prácticamente invisibles e insuficientes en el ámbito institucional público. Sanidad debe liderar una campaña estatal con presupuesto real que clarifique conceptos, elimine estigmas y enseñe a tratar esta condición con la seriedad que requiere.
No pedimos milagros ni curas mágicas de un día para otro; pedimos rigor, formación y respeto básico. No podemos permitir que, seis años después, la respuesta del sistema sanitario ante nuestro dolor siga siendo la ignorancia.
